Por Ignacio Pareja Amador - Sábado 14 de julio 2012
En pleno siglo XXI, cuando la revolución tecnológica amenaza con rebasarnos y cuando el paradigma de la tecnología ha modificado de forma importante nuestra manera de vivir, nos damos cuenta que el actual sistema de elecciones se mantiene en un impasse, que en la forma no difiere en demasía de lo visto en décadas pasadas. La institución que organiza las elecciones y que administra los altos recursos de la “cara” democracia mexicana ha demostrado ser ineficiente para ajustar sus procedimientos a una cadena de valor simplificada, a una serie de pasos que faciliten la elección y nos brinden resultados automáticos, inmediatos, que sean propios de los tiempos que vivimos hoy en día. Por ejemplo, pese a que contamos con importantes candados en la credencial para votar del IFE (institución que organiza las elecciones); pese a ser un instrumento hecho con alta tecnología, que no sólo cuenta con un código único e intransferible, sino que tiene además nuestra huella digital, no hemos aprovechado sus virtudes en favor de una mejor decisión democrática.
¿Cuál es el problema entonces? ¿Por qué no modernizar la democracia mexicana para hacerla cumplir con los estándares de eficacia, eficiencia y economía con la que cualquier acción pública debe tener? El problema yace en una sencilla razón: la desconfianza. Para que un proyecto de esta naturaleza pueda ponerse en marcha se necesitarían amplios y complejos candados informáticos, una coordinación altamente eficaz entre las instituciones públicas que llevan el registro de la ciudadanía y la población, una honestidad más que honorable de quien maneje la información para que la misma sea inviolable.
En síntesis, el problema está en el sistema mismo, el que requiere de operativos, organización ciudadana, patrullajes militares, desfiles policiales, bombardeos televisivos, spots de radio, discursos de las autoridades, estudios, encuestas y todo un aparato mediático que convenza a los ciudadanos que las elecciones son dignas de toda legitimidad y que la democracia se define solamente a través del voto, nunca más allá.
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