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San Romero de América

Por Juan José Tamayo · Miércoles 25 de marzo de 2015

La beatificación del obispo salvadoreño constituye un reconocimiento de la teología de la liberación.

A las 6.20 horas del 24 de marzo de 1980, era asesinado por un francotirador de un tiro en el corazón, monseñor Oscar A. Romero, arzobispo de San Salvador (El Salvador), mientras celebraba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, en la colonia de Miramonte. Fueron testigos 50 personas que asistían al acto religioso y quedaron atónitos e impotentes ante tamaño acto criminal.

Durante los tres años que dirigió la diócesis de la capital salvadoreña (1977-1980), Romero ejemplificó los valores morales de la justicia, la paz, la solidaridad y la vida en un país donde reinaban la injusticia estructural y la violencia institucional, las mayorías populares sufrían la pobreza y la marginación social, y la vida de los pobres carecía de valor.

Vivió el cristianismo no como opio y alienación, sino como liberación; no al servicio de los poderosos, sino de los empobrecidos. Denunció la concentración de la riqueza en manos de unas pocas familias que mantenían al pueblo en un régimen de esclavitud. Criticó severamente la alianza entre los poderes político, económico y militar, y el apoyo de Estados Unidos a dichos poderes para masacrar al pueblo salvadoreño. Buscó caminos de reconciliación a través de la negociación y de la no violencia activa. Con su testimonio y su estilo de vida anticipó la utopía de otro mundo posible, sin violencia ni opresión política, sin desigualdad social ni corrupción, sin desigualdad social ni explotación económica, sin imperialismo ni militarismo.

El pueblo salvadoreño lo reconoció como santo y mártir desde el mismo día de su asesinato. En un bellísimo poema el obispo hispano-brasileño Pedro Casaldàliga le declaró "San Romero de América". La Iglesia anglicana lo incluyó en su santoral y es uno de los 10 mártires del siglo XX representados en las estatuas de la Abadía de Westminster, junto con Martin Luther King y Dietrich Bonfoeffer. El Vaticano, empero, ha tardado 35 años en dicho reconocimiento.

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